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A ver. De qué coño vais? En serio? Aparezco por aquí después de un año de silencio, escribo un post que, a ver, está hecho con todo el cariño del mundo, pero dice mucho más de mi entusiasmo que de mi capacidad para escribir, y de pronto hacéis como si no pasase nada? Nada de castigo? Nada de reproches por haber desaparecido meses y meses? Nada de abandonos? Colegas, no tenéis dignidad, o que? En serio a las primeras de cambio volvéis a aparecer? Que queréis, que me flipe? Que piense que puedo trataros como quiera? Por Dios, un poco de dignidad, hombre. Ahora, no me quedan más cojones que escribiros de nuevo, aunque sea por daros las gracias de todo corazón, por aguantar esa delgada línea roja, aunque sea, un día más, pero vamos, que el día menos pensado vuelvo a desaparecer y no sabéis nada de mí en otra temporada.

 

En fin. Mil millones de gracias, queridos lectores, por demostrarme una vez más, que sois mucho más generosos, de lo que yo soy digno de vuestro tiempo.

 

Caminaba hace no mucho por Atenas. Era la primera vez que pisaba esa ciudad, (cómo?! Os preguntaréis! Toda la vida hablándonos de los Griegos, y nunca había visitado su patria? Qué clase de farsa es esta?)pues si, la primera vez, y la verdad es que no tenía yo el ánimo demasiado elevado. Acababa de bajar de la acrópolis, me estaba tomando una cerveza, y no se si serían las 0 horas que había dormido la noche anterior, unas albóndigas que algún iluminado decidió servir a bordo de un avión a las 4 de la mañana (albóndigas?? En serio?? Quien cojones cena albóndigas a las 04:00??  ni Garfield) o que, y entenderéis el sentimiento, había idealizado tanto un lugar que, no pude menos que sentirme algo decepcionado cuando lo vi, y no resultó ser tan perfecto como me había imaginado. Caminaba, como os iba diciendo, con 3 de las mejores personas que la vida ha tenido a bien poner en mi camino (como decía alguien que no recuerdo, un amigo es un hermano al que tú eliges libre y conscientemente, en lugar de recibir impuesto por el azar), y Cogimos, mis bravos compañeros y yo un taxi, para volver al hotel e intentar dormir algo.

Iba yo absorto en mis pensamientos, recordando precisamente, la muerte de Ignacio Echeverría a manos de 3 perros islamistas, y pensando, como la Democracia se caía a pedazos, como la acrópolis, como el mundo en el que vivimos y tan absorto y cansado iba que no reparé, al principio en el aspecto del chofer que nos llevaba. Nos había ofrecido, por 10€ hacer un pequeño Tour por el casco antiguo de la ciudad, y como nos caía de paso, le dijimos que si.

 

Era un griego bastante random. Cetrino, y tirando a delgado. Muy canoso y con los dientes cada uno a su manera, y cuando nos escuchó hablar en español, el hombre, con un tono irrespetuoso pero descojonante comenzó a proferir la mayor sarta de insultos e imprecaciones contra la Reina Sofía, que jamás había escuchado. El hombre, literalmente, la odiaba, y a priorí nos pareció extraño. No es la reina emérita, ni para los más recalcitrantes republicanos españoles, una figura detestable, ni un particular blanco de las iras de nadie. Debíamos estar pasando a la altura de la biblioteca nacional, cuando, extrañado, alguno de nosotros le preguntó porque la odiaba tanto, y en su mezcla de inglés italiano y español nos dijo “jamás ha hecho nada por los griegos. Viene a Atenas y nos mira por encima del hombro. Viaja rodeada de seguridad en todo momento, y nunca desde su posición ha movido un dedo por defendernos”. Entenderéis que el mensaje iba bien adornado de insultos e imprecaciones que no reproduciré aquí ( o si, que cojones) que hablaban desde los cuernos que el bueno de JC. Le había puesto por rancia, hasta lo hijoputa que era su padre.

 

Me sorprendió, y decidí seguir escuchando al extraño que nos guiaba, y que en ese momento ya se encontraba a la altura de la plaza Syntagma. Al señalarnos el parlamento, el hombre olvido por completo su odio hacia Sofía, y toda su furia se volcó contra Tsipras, y en general, los políticos griegos (con una mención especial a Podemos, que aún no entiendo porque conocía y odiaba tan enfáticamente). Sin muchos miramientos, bautizo al parlamento griego como a una casa de ladrones, que robaban y saqueaban a su pueblo, y que se lucraban a su costa desaforadamente. Tuvo alguna mención relacionada con la capacidad inflamable que dicho edificio, con toda seguridad tenía, si se le arrimaba alguna llama, y lanzó un discurso antisistema, digno del mismísimo Bakunin.

 

El tipo, aunque aparentemente se encontraba a mis antípodas políticas, me hacía mucha gracia, y de pronto, entre uno de los edificios nuevos y feos que tanto abundan en Atenas, señala la acrópolis, y nos preguntaba “veis la Acrópolis? Conocéis su significado?. “Con bueno has dado” pensé “tienes ante ti al mayor friki con el que te has topado, y según arrancaba a cascarle fechas y nombres de arquitectos, el tipo, muy serio, me dijo, “No, no, el significado. Lo que dices lo sabe todo el mundo” . Como me quedé un poco pillado, el tipo comenzó. “ La acrópolis está construida en la parte más alta de la ciudad, y no es una casualidad, está construida ahí por dos motivos. El más claro es que es la parte más sencilla de defender, donde el pueblo “ the Demes” ,dijo literalmente, se refugiaba en caso de peligro, pero esa no es su función principal. La acrópolis es una idea, y está construida en la parte más alta de la ciudad, para que todo el mundo la vea. La acrópolis, nos decía, representa el conocimiento, y la ciencia, la sabiduría. Representa la cultura. No solo protege físicamente al “Deme”, también es la protectora de su saber, como Palas Atenea, con su lanza y su escudo, y su lechuza. Es aquello a lo que todo el mundo debe aspirar, algo superior. Fue mirando la Acrópolis como se inventaron las matemáticas, la física, la medicina. La filosofía, los derechos humanos, la Democracia. La acrópolis representa todo lo que somos.  Para entonces,  yo flipaba en colores con la lección de platonismo que un taxista griego me estaba dando, y literalmente, intenté darle un golpe bajo, soltándole como el Partenón, o el Erecteion se habían construido con fondos robados a la liga Délica, pero el hombre ya totalmente serio, me contestó. “ Somos griegos. Somos el primer pueblo occidental, y siempre hemos estado solos, los primeros, pero olvidados. Nada bueno ha venido a nuestro país desde el Este. Odiamos a los persas, los Turcos, Musulmanos (Sic.) todos nos han conquistado. Cuando llegaron los persas, destruyeron la acrópolis. La gente se fue de Atenas, los turcos nos conquistaron 500 años y sin embargo, reconstruimos los templos, las iglesias, y volvimos a ser lo que fuimos. Antes de que los persas destruyesen la ciudad, había unos templos, después, construimos otros, pero las ideas se mantuvieron, las casas se derribaron, nos convertimos en un país pobre, sobre todo el norte, pero aún y así, somos lo que somos porque seguimos mirando a la acrópolis.

 

El tipo se encontraba ya prácticamente a la altura de la plaza Omonia, nuestro destino, y se giró para explicarnos donde podíamos encontrar un centro comercial con tiendas, por si queríamos ir de comprar “Very expensive, eh?” Dijo, “not Zara” con su acento indescifrable. Sin embargo, este vuestro humilde lector, había levantado de nuevo la cabeza, y miraba arriba. A la ciudad alta, y por un segundo, El templo a la diosa de los ojos tiernos surgió ante mí, en toda su gloria y poder. El sol iluminaba potentemente el mármol pentélico, y podía divisar los frisos de Fidias. De la entrada casi podía distinguir el brillo del oro que adornaba la égida de Palas, y los aplausos a sus pies, en el teatro de Dionisio, cuando un calmado actor afirmaba recitando a Esquilo aquello de que “ Ni tan siquiera los Dioses inmortales, con todo su poder tienen potestad para condenar a un hombre, solo un tribunal formado por hombres libres tendrá capacidad para decidir el destino de este ciudadano.” Fruto, con toda seguridad del sueño, de las albóndigas malditas y de los Karamela envenenados, yo deliraba, y veía Atenas tal y como fue en su momento de mayor esplendor. Mientras metía la mano en mi cartera para pagar a nuestro conductor, me pareció que una barba blanca y poblada crecía en su barbilla, que de pronto, sus ropas se convertían en una túnica blanca, ajada y sucia, y que me sonría cuando, al pagarle, le preguntaba. “ y con los políticos demagogos, que vamos a hacer?” y contestaba “ about that, I really don´t know nothing”.

 

Me he pasado veinte pueblos de largo, lo se, pero todo lo que digo es tan cierto, que no quería cortarlo más de lo que he tenido que hacerlo. Es una historia real, y es que, en definitiva, somos humanos, y desde que el mundo es mundo, hemos utilizado símbolos e imágenes para expresar nuestras ideas más elevadas, más nobles. El poder, la libertad, el amor, la belleza, la furia… han sido representadas, simbolizadas, porque somos incapaces de aprehenderlas. No puedes coger el amor entre tus brazos, pero si puedes tocar a la persona que amas. No puedes atarte con un cabo a la libertad, pero si puedes representarla en un código legal justo. No puedes atrapar la belleza en un cajón, y que te siga a todas partes, pero si puedes personificarla, admirarla. Y sin embargo, haciendo esto, corremos un grave peligro amigos. En demasiadas ocasiones, terminamos por confundir el símbolo, la representación, humana, y por lo tanto imperfecta, con la idea. Y por desgracia, ninguna creación humana es eterna. Las piedras se derrumban, la belleza se marchita y desaparece, la democracia termina secuestrada por una panda de políticos hijos de puta que solo quieren robarnos y esclavizarnos. Si acabamos pensando que las siglas de un partido representan la democracia, si somos incapaces de ver que la belleza prevalece, gloriosa y triunfal, mucho después de que una cara bonita cambie por el paso de los años, si no comprendemos que la libertad existe, aunque vivamos esclavizados y nuestros templos hayan sido destruidos, las ideas desaparecen. Si no somos capaces de trascender las representaciones físicas imperfectas, y amar aquello que nos inspiraron en su mayor momento de esplendor, terminamos frustrados, cuando aquello que creíamos eternos, desaparece para siempre.

 

En definitiva, amigos, el sábado pasado comprendí tres cosas, y si soy capaz de transmitíroslas con mis imperfectas palabras, me sentiré más que satisfecho 1º. Atenas es más que un símbolo, y gracias a las ideas que representa, nuestras mujeres no llevan velo, ni reciben una paliza cada vez que un marido borracho decide hostiarlas, y pueden trabajar, y vivir y ser felices sin debérselo a ningún dios malvado. 2- Nunca, hagáis lo que hagáis, comáis albóndigas a las 4 de la mañana, y 3- Los taxistas atenienses son los tipos más sabios del mundo, porque, como dijo el oráculo de uno de sus conciudadanos, Solo saben que no saben nada. Está históricamente demostrado.
Ps1: Que sería de mí sin los PS’s.. @conefedefilosofia. You & Palo were dearly missed! Pero volveremos, y entonces tú le darás una lección a ese taxista!

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