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Buenas tardes, colegas.

 

Esta semana voy rápido, porque realmente no me tocaba escribir nada, pero, Deborah García, en www. http://dimetilsulfuro.es/ (si no la seguís, hacedlo, mola muchísimo ese Blog), se preguntaba (y nos preguntaba a los demás) esta semana: ¿Qué es la belleza?, y como no soy del todo fan de su respuesta, me voy a enfangar un poco y trataré de responder desde mi humilde e hiperlimitado punto de vista.

Como primer disclaimer, ya os voy diciendo que no tenéis que hacer ni puto caso de lo que digo. Este post es, sin duda alguna, lo más subjetivo que he escrito hasta ahora en esta vuestra humilde morada, no es más que una opinión y además la opinión de alguien con poco y ningún criterio en la materia. ¿O si?. El caso, como las palabras de aquel taxista griego siguen resonando en mi cabeza, me meto en faena. A ver que sale. Madre mía.

Para Deborah, pues, la belleza “es la apreciación sensible del mundo”, vamos, más o menos, que la belleza es subjetiva, y depende de la impresión que determinado objeto y persona cause en la apreciación de alguien. Por supuesto, el trasfondo educacional, cultural, social etc, de cada observador, nos llevará, según esta definición, a multitud de espacios comunes, en los que la mayoría estaremos de acuerdo con que alguien o algo es bello, o no lo es, pero nos llevará a su vez a amplias discrepancias, en las que tu, querido lector, y yo estemos en desacuerdo acerca de la belleza u horripilitud de determinada persona. (Siempre teniendo presente, niños, que es muy feo hablar de si alguien es guapo o feo, y bajo ningún concepto se debe hacer… Que luego os pensáis que tenéis carta blanca porque yo lo he dicho, y me montáis pollos como el de Facebook la semana pasada).

Y me sorprende esta definición de un Blog que sigo por un motivo muy concreto. Su corrección científica. Si Dimetilsulfuro tiene algo que admiro, es lo bien que es capaz de explicar y rebatir mitos y leyendas urbanas basándose en criterios científicos, peeeeeero claro, con la belleza hemos topado. Uno no puede decir “ pues no estoy de acuerdo con que el agua hierva a 100º”, o “pues a mi eso de la gravedad, no me termina de convencer” sin que le tomen por loco;  pero si puede decir, “Pues esa camiseta negra con calaveras es lo más” o “ Pues fulanita estaba guapísima con esa falda Burgundy (ya os voy diciendo que no se os ocurra preguntarme que coño es eso, son cosas que oigo, pero, aparentemente, Burgundy es lo más este año), y ser automáticamente despezado por un enjambre de críticos enfurecidos que te fusilarán como a Maximiliano de Méjico (seguramente con razón) por carecer por completo de hasta del más primario sentido de la estética. Vamos. Que aparentemente la belleza es subjetiva, pero también educable, rebatible, discutible y criticable. Nosotros, los pobres mortales que no entendemos de ello, plegamos velas y pensamos que, sea lo que sea el Burgundy es una mierda, e intentamos hablar de historia. O de Futbol… Pal caso.

 

Y sin embargo algo no cuadra, porque, cuantas veces, amigos, algo bello os ha sacudido hasta los cimientos. Cuantas veces, no habéis visto recorrida vuestra espina dorsal por una sacudida temible ante un objeto concreto, sin que objetos de similar categoría os hayan inspirado nada parecido?. Si no recuerdo mal (ya tengo oxidados los engranajes cerebrales), la primera vez que me paso fue ante la imagen de Ludovica, La hija de Giovani Tornabuoni, en Santa Maria Novella, y en gran medida, por esa imagen de una señora muerta hace 500 años, soy hoy lo que soy. Después, a lo largo de los años, en múltiples ocasiones, el mismo mal, tan perfectamente definido por Stendhal me ha asaltado. Lugares, personas, conversaciones, música… Y siempre es igual, exactamente la misma sensación que el escritor francés describió de esta manera.  “Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”. Confesad, a que también os ha pasado? No mintáis ni vayáis de duros por la vida, porque se, queridos lectores, que también vosotros lo habéis sentido, o sufrido. Y tiene algo curioso. En muchas ocasiones, está sensación nos asalta, A PESAR de nuestros criterios preconcebidos. (aquí viene la parte en la que me lío). Lo explico con ejemplos, que me apaño mejor.

Podéis, durante toda la vida, pensar que a vosotros lo que os gustan son las rubias altas, que ese es vuestro ideal de belleza, y sin embargo, de pronto, se os cruza algo totalmente distinto, y la jodéis. O, “es que a mi el arte moderno no me gusta” y de pronto un cuadro de Dalí os quita el sentido, o, “Es que la música clásica es una mierda, y un coñazo” y de repente escucháis el 4 movimiento de la 9 sinfonía y os quedáis sin palabras. Esto, amigos, no son impactos provenientes de vuestra capacidad para admirar la belleza, esto, motherfackas son jodidos hits exógenos que os pegan directo en la línea de flotación. Y si son exógenos, de donde provienen? Ahhhh la eterna pregunta. De todos los objetivistas, me quedó (como casi siempre) con Platón, cuando define algo bello como aquello tan cercano a la perfección de la idea que pretende representar, que irradia una luz propia. Es aquello que más cerca del ideal de perfección se encuentra, y por lo tanto, digno de ser admirado por si mismo. Lo bello, es en definitiva, algo que necesita de un fin para ser útil. Es en si mismo, admirable, algo, que nos lleva al bien, o al mal. Cuantas veces en la historia, algo bello ha hecho perder la cabeza a los hombres. Rebelarse contra sus padres o traicionar a sus patrias? Cuantos criterios morales, éticos, de cualquier índole, no ha derribado la mera presencia de algo bello? Incluso para el cursi de Saint-Exupery, “ Sólo vemos bien con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos”

Hasta un subjetivista malvado, como Hume, afirma que “si bien es cierto que belleza y fealdad, sin más aún que dulzura y amargura, no son cualidades de los objetos sino que pertenecen enteramente al sentimiento interno o externo, hay que admitir que existen ciertas cualidades en los objetos que están adaptadas por naturaleza para suscitar esos sentimientos específicos”. Es decir, hasta para él, existen formas, o aspectos o apariencias, que naturalmente, de manera exógena, crean admiración.

 

Bueno, pues hasta aquí mi royo de hoy. Como ya os dije, no me hagáis mucho caso, porque de esto, se bastante poco, más allá de lo que me gusta y me disgusta, pero, lo real, es que como de casi todo, de esto, no se prácticamente nada. Eso es lo único que hoy está históricamente demostrado.

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