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¡Buenos días, amigos!, siento el silencio en el que os tengo sumidos, pero, la vuelta a la oficina (ya sabeis, Primum vivere deinde philosophari), y una tarde de Domingo especialmente buena me han mantenido alejado de vosotros. (Los culpables serán juzgados y ajusticiados sumariamente al amanecer, no os preocupéis). Así que, para recompensaros, hoy os vengo con uno de los grandes de la edad antigua. Nada de Sofocles, ni Herodotos, ni Praxiteles, esta semana arrancamos con el jefe, el puto amo, vamos, Aníbal Barca.

Aníbal nace en una ciudad otrora grande (otrora, palabra ganadora, usadla siempre que podáis), pero recientemente humillada y hundida; Cartago. Los cartagineses, de sangre fenicia, habían creado un prospero imperio comercial que se extendía por todo el Mediterraneo, y que amenazaba con estrangular la expansión de la otra gran potencia en la zona, la República Romana. Tras la primera guerra púnica (Punos=fenicios=Cartagineses, no penséis mal, que nos conocemos) Cartago se ve obligada a abandonar sus posesiones en Córcega, Cerdeña y Sicilia, y a perder, por lo tanto, toda su base comercial (como si a Mercadona le obligan a cerrar todos sus supers menos los de la comunidad Valenciana). En dicha guerra, destaca como general Amílcar Barca, padre de Aníbal, que, como es de esperar, decide que de ese momento en adelante, los romanos no iban a convertirse en sus mejores amigos, precisamente.

Pero los cartagineses no eran tipos que se rindiesen con facilidad, y comandados por Amílcar, después de sufrir una guerra civil, y casi la destrucción de su ciudad, se rehacen, y deciden “ahí os quedéis con las islas, nosotros nos vamos a Hispania que mola mas” (tipos listos). Y en un abrir y cerrar de ojos, desde sus bases en Cádiz y Cartagena (Cartago Nova), ganan influencia en todo el sur de la península, y se vuelven a enriquecer, de manera, que en menos de una década, Cartago era mas poderosa, rica y pujante de lo que lo había sido antes.

Los romanos, se ven en una situación un tanto complicada en ese momento. Por así decirlo, ese chaval del que llevaban abusando todo el año en el colegio, ha dado el estirón y ha vuelto de las vacaciones de verano midiendo 1´80 y con los bíceps de Gastón (Para mas referencias ver la bella y la bestia). Y Claro, ese Chaval, de súbito, ya no está dispuesto a negociar, ni a charlar amistosamente, y solo tiene una cosa Clara. Que les quiere dar la paliza de su vida. Hasta tal punto odiaban a Roma los cartagineses en general, y la familia Barca en particular, que cuando el joven Aníbal se quiere unir a su padre en las expediciones hispanas, este le exige solo una cosa. Que jure sobre las columnas de Hércules, que odiará por siempre a los romanos, que nunca será su amigo, y que no parará hasta destruir la ciudad (no he podido encontrar la cita literal, y aunque no me suena, según Wikipedia, lo que juró fue “Juro que en cuanto la edad me lo permita, emplearé el fuego y el hierro para romper el destino de Roma” Acojona ¿eh?, parece Daenerys Targaryen amenazando a sus enemigos con fuego y dragones)

La edad se lo permitió pronto. Tras la muerte de su padre, Aníbal toma el control del ejército Cartaginés en España, y Roma, asustada decide traicionar los tratados de paz que había firmado con Cartago, y empujar a la ciudad a una guerra. El caso, por un quítame haya ese Sagunto, los romanos y los cartagineses se enzarzan en la segunda guerra púnica, y ahí Aníbal brilla como Neil Diamond en sus conciertos (no por su voz, sino por su atuendo). Se cruza los Alpes en pleno Octubre y con elefantes incluidos (aunque los pobres animales mueren en el transcurso de la expedición, llegando solo uno a ver Italia), y después, en tres palizas militares épicas se desayuna a tres ejércitos romanos enteros en Trebia, Trasimeno y Cannae, con centuriones y cónsules incluidos. El pánico se desata en Roma. La ciudad está indefensa y solo aguarda la llegada de Aníbal para rendirse en las mejores condiciones posibles, o para asumir que será saqueada y reducida a cenizas. Todo el que puede abandona la urbe, y el grito “Hannibal Ad portas” resuena por las siete colinas latinas. Es este momento al que quiero llegar. En el momento más trascendente de su vida, El general cartaginés decide no asediar la ciudad, y se dirige con sus ejércitos al sur de Italia, para saquear y adueñarse de las ciudades de Campania.

Se han escrito cientos de libros sobre el tema, se han dado vueltas y mas vueltas al asunto, y existen miles de explicaciones distintas acerca del acierto táctico de Aníbal al no conquistar la ciudad (material de asedio, política…) Pero la verdad es que, Aníbal pudo haber conquistado Roma (según yo fácilmente) pudo al menos haberlo intentado, pero decidió no hacerlo. Y ¿sabéis qué? A la larga, eso le costó la derrota, el exilio y la destrucción de su patria.

Todo eso es otra historia, que os contaré en su momento, si seguís leyendo este humilde blog (falsa modestia, ¡nunca falla!), Pero, recordad amigos. En ocasiones, la vida nos pone en situaciones en las que uno tiene que tomar decisiones. Decisiones que pueden tener consecuencias buenas o malas. Lo fácil (y una vez mas, por lo fácil quiero decir lo que yo haría) es no afrontarlas, dejarlas pasar pensando que podremos decidir mañana, o dejar que la inercia nos arrastre y esperar que la situación se resuelva por si sola, o que al final, otros tomen la decisión por nosotros. En esos momentos, recordad a Aníbal ante las puertas de Roma, y no me importa la situación, pero la próxima vez que entréis en esa tienda y veáis ese bolso tan mono, no digáis, “buff me lo pensaré y mañana vuelvo”, puede que ya no esté ahí. La próxima vez que encontréis una oferta de trabajo que podría ser buena para vosotros, no digáis “ya llamaré”, puede que haya volado. La próxima vez que os encontréis con esa chica o chico que os alegra el corazón, y del que estáis enamorados como quinceañeras inglesas de una novela de Jane Austen no digáis “, voy a esperar a que venga y me salude” ya que puede que eso no suceda nunca.”. ¡Hacedlo, malditos seáis, hacedlo! Y si sale mal, recordad una vez mas a Aníbal, y pensad que, no importa hasta que punto hayáis metido la pata. Muy mal se os habrá tenido que dar para terminar peor que él, derrotado, exiliado, perdido, y con su patria arrasada. Sed valientes, chicos, y tomad decisiones. La alternativa es siempre peor. Está históricamente demostrado

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Ps: No soy crítico teatral, pero como ser vivo animado que si soy una recomendación. A menos que vayáis con alguien tan fuera de lo común y especial (abstenerse royos de una noche, mejores amigos o familiares cercanos) que lo realmente importante sea la compañía y no el lugar, a menos que adoréis a un Dios siniestro, sangriento y oscuro y queráis recorrer todos los caminos de la demencia y la locura para ser dignos de rendirle culto, o a menos que queráis suicidaros lenta y dolorosamente tras decidir que vuestra vida carece de sentido (y creedme hay formas mas rápidas de hacerlo), NO VAYAIS A VER “ Las mujeres de Shakespeare” de Rafael Álvarez “el brujo”. Avisados quedáis.

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