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¡Buenas noches  amigos!, lo bueno de los lunes es que no hay que vencerlos, con sobrevivir (aunque sea a duras penas) a ellos, ya te clasificas como posible candidato merecedor de un buen fin de semana, y si me estáis leyendo, significa que vosotros, también habéis sobrevivido, así que, ¡felicidades!.   Ainsss el otoño. Melancolía, lluvia, y un libro de D’annunzio que hable de la hiedra que trepa por la pared de un palazzo Romanesco ocultando parcialmente el fresco de una madonna, apenas visible entre sus hojas, y medio borrado por el paso del tiempo.  En un jardín decadente, descuidado y cubierto por malas hierbas, donde antaño brillaba el sol, y sonaban risas jóvenes, solo el silencio y las ortigas habitan ahora, empapadas por las lluvias de Octubre.  Quizá en una ventana, con cortinas agitadas por el viento frío, se ve solo por un momento la mano blanca y suave de una mujer, ya no tan joven, que espera el retorno de un encantador farsante que le robo el corazón con palabras vacias…  Dánnunzio, amigos, en otoño, no hay nada mejor. Y si es con una manta, frente a un fuego, en cualquier lugar perdido de la mano de Dios y con la sola compañía de esa rubia tonta que busca calentar unos pies fríos mientras lee…  Just can’t get better. Aun y así, como diría Mick Jäger, You can´t always get what you want, por lo que nos conformamos con sobrevivir al lunes.

Sin más preámbulo arrancamos, hoy con los Ilotas. Los Ilotas son uno de esos grupos olvidados de la historia. Eran los habitantes originarios de Lacedemonia (esa os la sabéis, ¿no? Por si acaso) la región que ocupaba la ciudad de Esparta. Los espartanos, o espartíatas, la había ocupado hacia siglos, y habían reducido a la esclavitud más atroz a sus habitantes originarios. Los colegas estaban tan puteados, que ni siquiera pertenecían a alguien, sino que estaban adscritos a la tierra, eran propiedad del estado, y trabajaban los campos públicos de la ciudad.  Claro, había un problema. Los Ilotas superaban en número a los espartanos en una proporción de 20 a 1. Esparta no se puede comprender sin esta realidad. El tan cacareado, famoso y brillante mito del militarismo espartano, esa gran leyenda dorada, es falso. Los espartanos jamás fueron grandes guerreros por amor a la batalla, o por espíritu marcial. Lo eran por miedo. Lo que motivaba a todos y cada uno de los hoplitas espartanos no era la valentía, ni el sentido heroico de la vida. Era el miedo. El miedo los hizo organizarse como una sociedad ultra militarizada. El miedo les hizo sacrificar a los bebes que según ellos, eran menos aptos. El miedo les hizo vivir en una ciudad sin murallas. El MIEDO (si, con mayúsculas) fue lo que genero el falso mito de Esparta. Pero, me preguntaréis, avezados lectores, ¿miedo a qué?.

Miedo a una rebelión Ilota. Esa desproporción en número, les obligo a ser lo que eran, les dio la identidad con la que pasaron a la historia, pero les generó, sobre todo, la necesidad de combatir el miedo. Con mas miedo. Los espartanos (que como pronto descubriréis eran tipos encantadores y razonables) decidieron que la única manera de sobreponerse al miedo, era causar daño a seres inocentes. Jamás intentaron alcanzar un compromiso, ni un acuerdo, con los ilotas. Jamás negociaron, ni abrieron la mano hacia ellos. Su miedo era tal, que solo supieron luchar contra él haciendo daño. La Cripteia, amigos, ( o si lo preferís κρυπτεία.) era el gran paso de la infancia (que ya era bastante chunga en Esparta) a la madurez. Los americanos hacen fiestas de fin de curso con nombres cursis ( “encantamiento bajo el mar”, “sigue el camino de baldosas amarillas”), se visten con Smokings horteras, y van a buscar a sus chatis con ramos de flores raros para terminar chingando en lo alto de un monte con vistas a la ciudad cuadriculada de turno. A veces aparecen hombres lobos o aliens, y a veces no. Los ingleses del siglo XIX hacían el gran tour, y los irlandeses o lo italianos de principios del siglo XX emigraban a Nueva York (hell of a city). Pero los espartanos tenían la Cripteia.

Este proceso consistía en que, tras ser educados en la mas férrea y brutal de las disciplinas durante años, en su fiesta de “graduación” como soldados, los gobernantes de la ciudad declaraban la guerra a los Ilotas y hacían que los jovenzuelos se echasen al campo con un puñal para que, durante una noche, matasen a tantos esclavos como pudiesen. Heavy, ¿eh?. A los mas prometedores de los alumnos se les marcaban objetivos seleccionados para asesinar, como líderes o cabecillas descontentos, o individuos fuertes y potencialmente peligrosos.  Así pues, durante toda una noche, la gran vergüenza en la que se basaba toda la civilización espartana quedaba al descubierto. Durante una noche el miedo hacia que cientos de personas inocentes fuesen asesinadas a sangre fría por jóvenes a los que se les obligaba a ser cómplices de un sistema del que ya no podrían salir jamás. La espiral del miedo. Los Ilotas, como es natural, vivían aterrorizados, no eran conscientes del poder que tenían. Pero, ¿qué pasa cuando a los oprimidos, a los avergonzados, cuando a aquellos que lo han dado todo sin pedir nada a cambio, excepto una oportunidad para vivir, para amar, para ser felices, son privados hasta de eso?. Amiguitos. Lo que pasa es el Caos. A los Ilotas les llevo siglos, pero una mañana despertaron y descubrieron lo fuertes que eran. Una mañana despertaron, y mirando a los ojos a los que, hasta entonces habían sido los dueños y señores de su vida les dijeron “ya no os necesitamos, ¿Qué vais a hacer ahora?”.

La rebelión del Monte Itome fue sangrienta y brutal. Los Ilotas, llevados al límite, se alzaron contra sus antiguos amos, y desencadenaron una guerra de guerrillas que duró diez años. Los espartanos fueron incapaces de controlarla. Todo el estado de terror que habían creado se vino abajo como un castillo de cartas. Abrieron los ojos y descubrieron que habían tomado la decisión incorrecta, y que iban a pagar por ello. Tan tremenda fue la masacre de los Ilotas, que los espartanos se vieron obligados a llamar a Atenas (si, eso es, su peor enemigo), en su ayuda, para intentar sofocar la revuelta que ellos mismos habían provocado. Al final, el ejército Ilota se refugió en el monte Itome, y los espartanos se vieron obligados no solo a firmar la paz con ellos, sino a darles la libertad y a entregarles tierras en las que vivir libres. Los antiguos amos, se veían obligados a pedir una oportunidad que ellos jamás habían dado. El mundo había cambiado.

Así que, recordad amiguitos, en ocasiones, esa amable y generosa amiga nuestra que es la vida nos pone en situaciones límite. Decide que aun no hemos tenido bastante y vuelca sobre nosotros un par de jarros de agua fría mas, solo por ver hasta donde llegamos. En esas ocasiones, lo fácil (si bla bla bla, yo haría bla bla bla) es bajar los brazos. Ceder al miedo. Quedar atrapado en sus garras, y perder toda capacidad de maniobra. En ese momento, recordad a los Ilotas, y no me importa que sea un jefe que se dedique a putearos, el típico abusón del recreo que da sopapos aleatoriamente, o la chati o chato de turno que decide que es mejor ser colegas y nada mas, por lo que pueda pasar. En ese momento, como os digo, recordad a los Ilotas. Recordad que si alguien os está llevando a ese punto, es porque habéis conseguido asustarle lo suficiente con vuestra presencia, con vuestra inteligencia, con vuestra capacidad para hacer reir, o para alegrar su corazón. Recordad que por vuestras virtudes ( y seguramente de manera involuntaria) habéis conseguido atemorizarles tanto como para que vean en vosotros algo que amenaza su pequeño y feliz mundo ( si, es la paradoja Buzz Lightyear – Woody el vaquero). En ese momento, y cuando os hayan llevado al límite y no podáis mas, alzaos, negaos, pelead, y ¡sed libres! Olvidaos de todo lo que habríais hecho por que estuviesen contentos, olvidaos de bajar la cabeza cuando el abusón os intente pegar de nuevo, olvidaos de seguir terminando las montañas de trabajo que vuestro putea-jefe os encargue solo para tenerle contento. Cambiad las reglas del juego. Tomad el control y decid. “Lo que con gusto pudo haber sido vuestro gratis, jamás lo tendréis”, y seréis libres. Recordad mis palabras, queridísimos amigos, no tenéis que pasar por ello, a menos que vosotros queráis, y solo hasta que vosotros queráis. Está históricamente demostrado.

Pero recordad también, (si, hoy tenemos doble conclusión y despedida, siento el royo). En ocasiones, la vida nos asusta. En ocasiones, nos encontramos con alguien o algo, que despierta sentimientos extraños en nosotros. Nos genera miedo, inseguridad, temor. Nos saca de nuestras casillas, de nuestro pequeño rincón oscuro, en el que tan cómodos estamos. En esos momentos, podemos actuar de dos maneras. Podemos combatir al miedo con mas miedo, con lejanía, con frialdad. Podemos crear caparazones que nos aíslen ( y hasta civilizaciones) basados en ese miedo. Podemos decidir no enfrentarnos a él, o aislarlo, alejarlo de nosotros, hasta que solo sea algo lejano, sin importancia, hasta que la cosa ya no está Clara. O directamente abusar de ello desde una situación de superioridad. Creedme amigos. No funciona. Puede surtir efecto durante días, meses, puede que años, o siglos, pero al final, siempre estará ahí, fuera, esperando. En esos momentos recordad a los espartanos. Ellos tan duros, tan fuertes, tan poderosos, nada escapaba de su control, todo lo tenían en sus manos, y recordad como, en un momento, en una sola noche, todo su sistema se derrumbo por completo, y como acabaron perdiendo para siempre todo aquello de lo que, con valentía, podrían haber gozado tranquilamente para siempre. Recordadlo amigos. Esto también, está históricamente demostrado.

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