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¡Buenas noches amigos!, salgo con retraso, pero salgo que es lo importante. ¡Ey! Hay meses sin un solo buen lunes ¿no? Hay que aprovecharlos, aunque vosotros queridos lectores, que sois lo que mas quiero en el mundo, tengáis acceso a una nueva tontería semanal un poco mas tarde por ello. Juro que los responsables también serán ejecutados al amanecer. Anyway, hoy vamos con una historia bastante extraña. Lo es, ya que no se sabe ni siquiera si es cierta, se mueve en esa línea difusa que separa las leyendas de la historia, y que, según yo, tiene parte de ambas. He chequeado y rechequeado (rechequear, palabra de moda. Si empezáis a decirla ahora mismo, en un par de meses podréis chulearos con vuestros colegas y decir “ Eh, esa palabra me la inventé yo”. En ese momento pilláis fijo, si hay algo a lo que no se resisten por igual, mujeres y hombres es a los introductores de palabras). He rechequeado, digo, por todas partes, y al final, he mezclado un poco de cada versión (básicamente porque me da la gana). Además es extraña porque tiene mas de una conclusión, y por primera vez, no estoy seguro de cual es la buena. En fin, sin mas preámbulos, amigos.  La historia de John Henry y su martillo. Disfruten  tanto (if possible) como yo he disfrutado de Ella hasta hoy.

Nadie sabe quien era John Henry. Es uno de esos personajes históricos que tanto molan porque se desconocen sus orígenes y su vida, hasta un momento en el que saltan a la fama, aparecen delante nuestro como un cometa brillante, la lían, pasan a la historia y desaparecen. Es como Filipides, el joven hoplita ateniense que corrió desde Maratón a Atenas para anunciar la victoria sobre los persas, y  murió acto seguido. Algunos dicen que era un inmigrante irlandés, o alemán, de los que abundaban en las obras del ferrocarril a mediados-finales del siglo XIX en EEUU ( típico de pelis de vaqueros, no me digáis. “Las obras del ferrocarril, Jimmy el sucio, ahí les tenderemos la emboscada”), aunque la mayoría de las versiones apuntan a que era un antiguo esclavo sureño liberado después de la guerra de secesión y que como tantos otros se tuvo que ganar la vida como pudo. Ciertamente no era un tipo con una amplia formación, o habilidades varias, pero había una cosa que hacía bien. Martillear lo que se le pusiera delante.

Hay gente que tiene varias vocaciones en la vida. Hay gente que va dando palos de ciego, y queriendo cambiar cada cinco minutos de función o de forma de ser, y hay gente que desde que nace, tiene muy claro lo que quiere hacer el resto de sus días. Se podría haber alistado en la marina, o en el ejército, o haber vuelto a la plantación a recoger algodón por un salario miserable, pero John lo tenía claro. Cuentan que su padre, entre entrada y salida de la cárcel le dijo “hijo, tú has nacido para esto. Coge ese martillo, aprende a clavar, a picar y a perforar, y todo en la vida te irá bien”, y le regalo su martillo. (No os imaginéis el típico que tenemos todos en nuestra caja de herramientas, sino una bestialidad con un mango de un metro de largo, y una cabeza de 40cm. de duro acero puro… si, martillo, si… ¿ya estamos pensando mal otra vez o qué?… ainss como nos conocemos, ¡por eso me encantan mis lectores!).

El caso, en cuanto tuvo la oportunidad se unió a una cuadrilla de constructores de ferrocarril, y ahí arranca su leyenda. Le ofrecieron el sueldo de todo constructor, 25c.$ al día ( para que os andéis quejando de vuestro sueldo, amiguitos), pero su jefe, que era un tipo enrollado le dijo: “Henry, coge ese martillo tuyo y esta barrena oxidad y clávala en esa piedra (como Excalibur pero al revés). Te doy tres oportunidades, y por cada pulgada que hundas, te pago 1c.$ mas al día”. John, sin miedo (creedme, cuando uno hace aquello para lo que ha nacido, no hay miedo ni inseguridad que valga), levanta el martillo, y de un solo golpe hunde la barrena entera, y parte la roca por la mitad. El primer día y de solo un golpe, de martillo, había aumentado su sueldo en casi un 50%. Ya me diréis. Su nombre, como era de esperar, se hizo famoso, y cuentan que la gente de los pueblos visitaba las obras del tren solo por ver a John clavar de un solo golpe los clavos de las vías del ferrocarril a los listones, o por observarle picar una montaña entera  cavando un túnel.

Si la cosa hubiese quedado en eso, John jamás habría pasado a la historia, pero la modernidad, esa perra exigente que se dedica a ponernos a prueba todos los días aparece en escena. El malvado dueño de las obras del ferrocarril, que además le tenía manía a John (seguramente porque era mas alto, mas guapo mucho mas fuerte y tenía un martillo mucho mas grande que el suyo) le dijo: “He comprado una máquina de vapor que a partir de ahora, cumplirá tu función. Martillará y perforará sin descanso. Estás obsoleto, así que amigo, ya sabes lo que hay”. He de deciros, que no hay nada peor. Cuando te dicen que tu única habilidad vital ha quedado demodé, que lo único que realmente sabes hacer, carece de interés para alguien, ¡ay! , sabes que vienen mal dadas. Pero en ese momento justo entonces, cuando realmente un hombre demuestra lo que vale, por lo que pasa a la historia, y queda en el recuerdo de la gente. John Henry se podría haber ido a su casa. Se podría haber dedicado a otra cosa, podría haber decidido que su jefe, o la sociedad, o la rubia tonta de turno tenían razón. Pero no. Si lo hubiese hecho, no sería John Henry. Él, se plantó delante del jefe y le dijo: “A man ain’t nothin’ but a man,but if you’ll bring that steam drill round, I’ll beat it fair and honest or I’ll die with my hammer in my hand  but  I’ll die laughin cuz you ain´t replacn’me as a steel drivin’man”* o lo que viene siendo , “Traedme esa máquina, y a ver quien es mejor”.

Vaya espectaculo…Os juro que es uno de esos momentos de la historia a los que viajaría si existiese una máquina del tiempo. Por un lado John Henry, una montaña de tío, fuerte como un oso, amable como una novicia carmelita, y con una convicción vital a toda prueba, y por otro una locomotora de vapor específicamente diseñada para clavar y perforar. La competición definitiva, el copón de bulnes, vamos. La apuesta varía dependiendo de las versiones, pero en esencia consiste en que gana el que llegue antes a la meta clavando listones y picando un túnel en la montaña. Arrancan. El musculo humano contra el acero el carbón y el vapor. Una gran historia romántica, una causa perdida desde el principio,. ¿Cómo va a salir bien?, el caso es que se ponen a martillar. Los constructores de las vías animan a voces a John (vaya deporte olímpico nos hemos perdido, no es por nada) y cuenta la leyenda que cuando se puso a cavar en la montaña,  daba unos golpes tan fuertes, que hasta parecía que la  iba a derrumbar.  y ¿Quién diríais que llega antes a la meta? Así es amigos. Contra todas las apuestas, contra todo pronóstico, contra cualquier intuición, pensamiento, contra cualquier lógica racional. Contra todo. El tipo que creía que su causa era justa, el tipo que luchaba por lo que según él era lo correcto. El tipo, que, en definitiva, se dedicó a hacer simplemente aquello para lo que había nacido, aquello en lo único en lo que realmente sobresalía, llegó el primero a la meta. Y murió de agotamiento. Con su martillo en la mano y una sonrisa en la boca.

En definitiva, recordad esto amiguitos. En ocasiones la vida es extraña. La conveniencia, la desesperación, o la ambición nos hace replantearnos nuestras bases mismas. Aquello en lo que creemos, aquello para lo que hemos sido llamados a este sucio planeta. Hay que ser muy cuidadosos en esos momentos. Echar la vista atrás y preguntarse ¿Qué hago bien? ¿para qué valgo? ¿con qué soy feliz?. Es verdad que muchas veces esa respuesta no esta Clara, pero muchas otras veces, está delante de nuestras propias narices, y somos nosotros, y solo nosotros los que nos empeñamos en no verla. En esos momentos recordad al bueno de John Henry. Y me da igual el escenario. Si vuestro padre os dice que tenéis que estudiar Medicina, pero lo que a vosotros os gusta es hacer vestiditos para las barbies, ¡HACEDLOS!, Si vuestros colegas se ríen de vosotros y  dicen que sois unos pringados porque vais a cuidar abuelitos todos los viernes por las noches, en lugar de beber como jinetes de las estepas rusas y practicar sexo siempre que os dejen, no les escuchéis. Si lo que os mola es disfrazaros de espantapájaros y dar sustos a los transeúntes que pasan por una calle oscura de noche, compraros ya mismo una calabaza y una chaqueta de pana, y poneos a ello. Y creedme, de una manera u otra seréis mas ricos ( y sobre todo mucho mas felices) siendo y haciendo lo que realmente os gusta, aquello para lo que habéis nacido (y todos hemos nacido para algo), y no aquello que os parece que va a dar mejor resultado a corto plazo, solo porque vuestros padres, la sociedad o un corazón roto os diga que lo mandéis todo al carajo y hagáis lo primero que os pida el body. Recordad a Henry amigos, haced aquello que os haga felices, y ni una locomotora de vapor podrá pararos. Está históricamente demostrado….

(optimistas y triunfadores varios, dejad de leer aquí)

…Pero ¡Ay!, amigos (como se que esto solo lo leen ya los loosers y pesimistas, se que me entenderán), en ocasiones, la vida nos pone en otra situación, a mi modo de ver mucho mas peliaguda. Podemos tener muy claro lo que nos gusta, lo que queremos hacer, o lo que somos hasta el día en que muramos, y podemos estar convencidos de saber como conseguirlo. Por así decirlo, seremos felices toda la vida clavando clavos, peeeeeeero…  ¿Qué pasa cuando ya no hace falta clavar clavos?, ¿Qué pasa cuando algo o alguien aparece y te convierte en un trasto obsoleto?¿cuándo te dicen, “Henry, ya no eres necesario, no creo en lo que haces?”. A veces pasa, y entiendo que todos tenemos dos opciones en ese momento. Podemos reconvertirnos, cambiar, hacer algo nuevo, y recordar con nostalgia aquello que en el pasado nos produjo alegría, aquello para lo que habíamos sido llamados. O podemos agarrar a la vida por los huevos, y decir. “No me importa lo que me estés contando, no hay nadie mejor que yo clavando clavos, ni esa máquina de mierda y aunque me lo deje todo en ello, voy a demostrarlo”, e ir a por todas. Aunque signifique precisamente perderlo todo. Henry sabe que va a morir luchando contra la máquina, pero sabe también que puede derrotarla aunque le cueste la vida. Es consciente que va a perder todo lo que quiere, solo para demostrar que realmente eso es lo quiere. A él no le van a cambiar. Ni le van a retirar, ni va a dejar hacer aquello en lo que cree. Sencillamente solo sabe ser feliz de una manera ¿Tiene sentido? ¿Qué pensáis amigos? ¿Acaso algo grande se habría hecho en el mundo sin cuestionarse, sin plantearse todo, sin seguir los sueños de uno, por muy locos o raros que sean? ¿Vale la pena conseguir un poco de felicidad a corto plazo, a cambio de sacrificar todo lo que somos? Good question, right? no tengo respuesta para eso.

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