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Saludos amigos. Tarde de Domingo, y en casa. Mala mezcla. Las tardes de Domingo, son por lo general, cosas que odio mucho. Cuanto mejor ha sido el fin de semana, peor es la tarde de Domingo. Necesito algo que hacer, lo que sea, porque sino el carácter se me enturbia. Vamos, que no hay Dios santísimo que me aguante. Por eso, os pienso castigar a todos, Odiados lectores míos, con un post cada tarde de Domingo que tenga libre. Pero, no, no habrá esperanza en ellos, ni una conclusión super chula con la que vivir, ni chistes.  Puede que entre semana os vuelva a escribir y todo aparezca de nuevo lleno de nubes de algodón, de caminos por parques soleados de la mano de alguien y de unicornios rosas y manatís super cuquis por doquier. Pero las tardes de Domingo, os voy a hablar de lo peor del ser humano. Eso, también es historia.

Gilles de Rais ( o de Reitz), Nace en Francia en pleno siglo XV, en el marco de la guerras de los cien años que enfrento a Francia, Inglaterra, y de paso a media Europa, de manera intermitente durante mas de un siglo. Se han intentado explicar muchas de sus posteriores acciones achacándolas a una infancia desagraciada,  pero teniendo en cuenta el lugar y tiempo en el que nace, y su estatu social, no parece a priori que realmente fuese un desgraciado. Efectivamente, como todo hijo de noble medieval que se precie, Gilles fue educado en el orgullo, el honor, la destreza con las armas y la violencia física. En cuanto tuvo edad partió a la guerra como caballero. Pronto alcanzó honores y fama, y el propio delfín de Francia, le nombro Mariscal de Francia (el super cargo), y le dio un pequeño ejército. Es aquí donde Gilles encuentra a la persona que va a cambiar su vida. Coincide con Juana de Arco, y pronto queda profundamente enamorado e impactado por ella.  No se quiso separar jamás de ella, se convirtió en su guardaespaldas, y juntos llevaron a cabo las grandes gestas por las que la Santa paso a la historia. Derrotaron a los ingleses batalla tras batalla, tomaron Orleans, y Gilles le salvó la vida en la menos 3 ocasiones. Decía que la presencia de Juana era como estar en la presencia de Dios. Se convirtió en un beato, casi un caballero-Monje cruzado. Su religiosidad fue llevada hasta alturas que nunca había conocido. Ella, por supuesto, jamás correspondió su amor. El sabía que jamás sería correspondido, pero no le importaba.  Su mera presencia era mas que suficiente para él. Vivir junto a ella, verla, aunque no pudiese tocarla, salvarle la vida, aun sin contacto físico. ¿Raro, no? Ideales medievales, supongo.

Y entonces, Juana es capturada por los ingles. Gilles, que no estaba presente en el momento enloquece. Junta un ejército de mercenarios, utilizando todo el dinero que tiene, pero no llega a tiempo a Rouen. Juana arde en la hoguera. Se aleja de él para siempre. Todo está perdido. Se fe se tambalea, para acabar derruida y por tierra. Había sido un fanático de Dios por Juana. Había aprendido a creer, a amar, a vivir de mejor manera gracias a ella. No le había pedido a cambio mas que su presencia, y ahora, Juana, en nombre de Dios, se había alejado de él para siempre. Deshecho, Gilles emigra a sus posesiones en Bretaña. Abandona toda la vida civil y militar, y se encierra en un castillo alejado de la mano de Dios.

Los bosques de Bretaña son lugares oscuros y tenebrosos. Sus pueblos en la edad media, poco menos que aldeas embarradas, y sin contacto con el exterior, sus gentes, supersticiosas, desconfiadas y atrasadas, así que a nadie le extraño el que comenzasen a surgir rumores. Rumores terribles que hablaban de caballeros con armaduras negras, guiados por el mismísimo demonio, que recorrían los caminos y pueblos por las noches llevándose a todo niño y niña que encontraban. Para los foráneos, no eran mas que nuevas supersticiones bretonas, cuentos de viejas a la luz de una hoguera. Pero para los campesinos de la zona, era una realidad tangible y diaria. Caballeros negros entraban en sus pueblos de noche, y se llevaban a sus hijos pequeños.  Era imposible para ellos oponer resistencia, no tenían mas que palos y piedras para enfrentarse con armaduras de acero y espadas, y además, no sabían donde golpearían la siguiente noche,  pero era cierto. Los niños desaparecían. Muchos, desesperados, acudían a presencia de su señor feudal, un antiguo héroe de guerra, para que les defendiese, o al menos tomase a sus hijos como sirvientes, y así, viviendo en su castillo, estarían a salvo. Gilles siempre aceptaba.

Durante años, el terror asoló la Bretaña, lo niños desaparecían, y aquellos que eran entregados como pajes a De Rais, no volvían a aparecer, y la demografía, acabo acusando al causante. Las aldeas y pueblos cercanas al castillo de Gilles fueron quedando despobladas. La gente huía de ellas. En un momento dado, el señor cometió un error, y fue apresado al intentar secuestrar a un obispo. Se le juzgo, y lo que en ese juicio salió a la luz, aterrorizo a todo un continente.

Gilles de Rais confesó que, una vez perdida Juana, hizo un pacto con el diablo, decidió que Dios (que para el existía, nunca dudo de su existencia) era injusto, que tenía un pésimo sentido del humor, y que por lo tanto, él se pondría a las ordenes del maligno. Decidió cambiar toda su fe y su humanidad por un principio. Causar el mayor dolor a la humanidad posible. Secuestraba niños,  les prometía que trabajarían para él, que les daría dinero, que podrían ayudar a sus familias, o que serian bravos caballeros. Les llenaba de esperanzas, y entonces, les hacía comparecer en grupos ante él, en banquetes que celebraba todas las noches con su nuevo sequito, alquimistas, satanistas, y depravados a su altura. Una vez los niños entraba en su salón les daba de comer lujosamente, y entonces, los violaban. Permitían que todos los demás fuesen testigos de lo que estaba pasando,  y decía que disfrutaba de manera especialmente sádica, al comprobar como estos se daban cuenta de que habían sido engañados. De que nada de lo que les habían prometido era cierto, sino que iban a morir. A los mas creyentes, les preguntaba donde estaba Dios, en ese momento. Después, aun vivos, los colgaban de las paredes, o de los techos, para abrirlos en canal, y observar sus vísceras y órganos. Según el mismo confesó en su juicio:

“ A aquellos niños de cuyos cuerpos abusé cuando estaban vivos, los profané una vez muertos. Después de que hubieran muerto, gozaba a menudo besándolos en los labios, mirando fijamente los rostros de los que eran más bellos y jugueteando con los miembros de los que estaban mejor formados. También abrí cruelmente los cuerpos de aquellos pobres niños o hice que los abrieran en canal a fin de poder ver lo que tenían dentro. Al hacer esto mi único motivo era mi propio placer. Codiciaba y deseaba carnalmente su inocencia y su muerte. Con frecuencia, he de confesar, y mientras esos niños estaban muriendo, yo me sentaba sobre sus estómagos y experimentaba gran placer en oír sus estertores de agonía. Me gustaba que un niño muriera debajo de mi cuerpo, u observar como uno de mis criados cometía actos de sodomía con un niño o una niña y lo mataba después. Solía reírme a carcajadas.”

Este extracto es de lo mas “Light” de su confesión, hasta el punto que, en un momento dado, El obispo de Saint-Brieuc tuvo que retirar, o cubrir la imagen de Cristo que presidía el tribunal. Confesó que le gustaba mirarles a los ojos antes de matarlos, y clasificarlos, para después clavar sus cabezas en picas, en orden de belleza. Confesó que desconocía a cuantos niños había matado de esa manera. Los cálculos de la época elevaban el numero a mas de 200, pero hoy se cree que pueden ser unos mil. Era el mal. Un mal consciente, lúcido. Provocado por la repentina falta de bien que había sufrido. Los cronistas afirman que se arrepintió antes de morir, incluso que pidió que se rezase por el eterno descanso de su alma, ya que, nunca dejó de ser consciente de que Dios, realmente existía, aunque para él ya no fuese un tipo al que seguir. Pero,  la última frase de su confesión, es totalmente esclarecedora.

“Si pudiera describir o expresar (su pesar, su sufrimiento, su pena)  , probablemente no habría pecado nunca, pero yo hice lo que otros hombres sueñan. Yo soy vuestra pesadilla.”

No tengo conclusión, como os digo, ni moraleja, ni nada que decir. Supongo que todos somos susceptibles de convertirnos en monstruos, de gozar haciendo sufrir a alguien, solo porque a nosotros nos lo han hecho. También supongo que la mayoría de la gente mala fue buena en algún momento, y que algo en el camino les hizo enloquecer. O puede que solo sea que es una tarde de domingo. Buena semana amigos.

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