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Buuuuuuuenas noches, amiguitos, que la alegría y el buen humor estén con todos vosotros. La niebla ha caído por fin sobre Madrid, el frío nos rodea y finalmente los abrigos pueden salir con libertad de los armarios (no soy nada sin un abrigo largo, es la verdad). Tras el espejismo terrible de la primavera y verano, por fin todo vuelve a su cauce. Adiós al veranillo de San Miguel, Au revoire al cambio climático, nos quedan por delante 6 meses de frío, lluvia, oscuridad y lana. Ain’t it lovelly. Atrás queda el sudar como un cerdo cada vez que se da un paseo por la calle, los días interminables, y el ser considerado un loco por salir a la casa con algo mas que unas bermudas cuquis y una camiseta. YEAH. Durante meses me he arrastrado por ese mundo de luz y calor. ¡Ha llegado la hora de que el mapache vuelva a caminar!. Tengo en reserva un post de Marco Antonio y Cleopatra de lo mas cool, pero hoy os quiero hablar de Dunquerque, “Asín que, amo a ello” (guardes dixit).

Ya os he hablado de la ocupación de Francia, y de la batalla de Inglaterra, por lo que, el otro gran suceso relevante de la segunda guerra mundial en 1940 (a menos que consideréis relevante la ocupación de Bélgica, o que Hitler inaugurase una autopista) que me queda por contaros es Dunquerque. Como ya sabéis si me leéis, los nazis le dan la gran paliza de su vida a los gabachos, y en una maniobra brutal, entran por las Ardenas, y rodean a medio ejercito francés, y a todo el British Expeditionary Force (BEF) y lo dejan acorralado entre los Panzer (Que palabra, amigos, Panzer, sexualmente irresistible, y de lo mas dada a metáforas: I.e. Mi Panzer tiene un obús del 30; si te doy con mi panzer te reviento… The sky is the limit)y el mar. Los ingleses, que son muchas cosas, pero no tontos, se encuentran con que los franceses han puesto pies en polvorosa, y les han dejado vendidos, atrapados en un cerco sin posibilidad de escapatoria, y a punto de bailar con la mas fea.

Puestos en esta situación, (no hay nada como verse perdido para espabilar), los ingleses deciden llevar a cabo un contraataque contra los flancos alemanes ( imaginadme mientras os explico esto en una mesa con un mapa, y mogollón de figuritas que representan tanques, y soldados, y no prestéis mucha atención). Convencen a los franceses para que les apoyen, y lanzan la ofensiva de Arras. 2 divisiones británicas y dos francesas tienen que atacar el flanco expuesto alemán y romper el cerco para poder escapar de la bolsa, pero, ohh que pasa, el día de la ofensiva, Surprise! los franceses no aparecen. Los ingleses lo intentan, pero sin los refuerzos galos (ni aunque los hubiesen tenido, la verdad) son capaces de romper el cerco, y confirman sus peores temores. Están rodeados, desesperados, y en una situación en la que nada puede salvarles (ni Batman hubiese podido)*. El caso, después de contraofensivas, cercos y leches, El reino unido descubre que está a punto de perder por completo todo su ejercito profesional, y quedar, por lo tanto, desprotegido ante una invasión nazi. Por muy mal que os vayan las cosas, dudo que os hayáis visto jamás en esa situación, ¿no?, pero, ¿Quién diríais que aparece en ese momento? Si amigos, Winston is back. En lugar de rendirse, o asumir que acaban de palmar la guerra (este tío era un coñazo, es que no perdía el ánimo nunca), decide que va a sacar a sus paisanos de ahí como sea, y se le ocurre un plan (no hay nada peor que un cabezota con un plan, creedme).

El general Gort (jefe del BEF) recibe un mensaje. Tiene que crear un perímetro, y defenderlo a toda costa con el menor número de hombres posible (y otra cosa no sabrán hacer, pero cuando llega la hora de “Hold the line”, estos ingleses son únicos). Mientras tanto, agrupará al resto de sus hombres en el puerto  de Dunquerque, y ahí esperará. Gort no entiende nada, pero obedece, y agrupa a sus tropas en las playas y el puerto de la ciudad en cuestión, y de súbito, la Royal navy aparece.  Mientras un grupo de héroes desesperados resisten en el perímetro, conteniendo los ataques alemanes, el resto de soldados comienzan a ser evacuado por mar. Al principio, las escenas de pánico desorden y caos son terribles. Todos los soldados quieren embarcar a la vez,  nadie quiere quedarse atrás, pero no hay barcos suficientes el primer día. Para poner las cosas aun peor, los alemanes que se dan cuenta de lo que está pasando, y no son capaces de romper las líneas defensivas inglesas, mandan a su aviación a intentar aniquilar desde el aire a aquellos que no pueden alcanzar por tierra. Los bombardeos en picado se suceden, y hunden algunos barcos cargados de refugiados, que ya navegaban rumbo a Inglaterra. Aún y así, se logra restablecer el orden, y tras realizar un llamamiento público emotivo e inspirador, Churchill consigue que cientos de embarcaciones civiles, buques de pesca, e incluso decenas de veleros particulares (Los yacht clubs de Dover y Brighton quedaron casi vacios) se unieran a la armada inglesa en su esfuerzo por evacuar a los soldados de las playas.   La operación estaba planeada para sacar de Francia a 30.000 soldados en 2 días (tiempo máximo que se pensaba que los defensores podrían mantener la línea antes de ser sobrepasados), pero aún a sabiendas de que ellos no podrían nunca volver a casa (les tocaba quedarse atrás y sacrificarse por sus amigos),  en un esfuerzo sobrehumano, los defensores del perímetro (entre los que también había franceses que lucharon con gran valor, todo sea dicho) fueron capaces de contener a los nazis durante 9 días. En ese tiempo, y gracias también a la aportación de civiles y particulares que arriesgaron su vida en el canal de la mancha (muchos murieron, hundidos o ametrallados por la aviación alemana), todos y cada uno de los soldados ingleses (y muchos franceses) que se encontraban en Dunquerque, pudieron ser rescatados. Un total de 338.000 hombres volvieron a casa.

La última noche, cuando todos los soldados de las playas estaban a salvo, el general Alexander, comandante en jefe de la retaguardia del British Expeditionary Force, dio orden a sus soldados de dejar de defender el perímetro, abandonar su posición, rendirse, o intentar escapar por los medios que pudiesen. Muchos grupos de hombres dispersos caminaron en la oscuridad hasta la ciudad y el puerto, aunque sabían que la operación se había cancelado, y que ya no habría barcos esperándoles. Sin embargo, en un emotivo acto de valor loco, de los mas conmovedores que personalmente pueda recordar en la historia, los buques civiles de Brighton, Dover, Londres…, esos pequeños botes de pesca, o veleros de oficiales de la armada retirados, volvieron una noche mas a la playa, y aún y a sabiendas de que delatarían su posición y les haría blancos fáciles para los alemanes, encendieron sus luces, para guiar a los rezagados tommies una última vez  y poder reembarcarlos. Cientos de hombres agotados, que habían combatido sin descanso durante 9 día, en un perímetro cada vez mas pequeño y angustioso, que  sabían que su sacrificio no sería recompensado, que habían caminado por instinto a las playas, esperando un milagro, vieron de pronto luces en el mar,brillando en la oscuridad, luces que les guiaban a casa.

Si “Fix you” de Colplay, es una de mis canciones preferidas, es porque la primera vez que escuche eso de “Lights will guide you home (…) and i will try to fix you” , me vino a la cabeza una foto en blanco y negro de un herido ingles siendo reembarcado por dos amigos harapientos y agotados, en una pequeña motora, la noche del 4 de Junio de 1940, y hasta puede que se me escapase una lagrima o dos. Ya veis, marica que se pone uno, a veces.

Así que, ya sabéis amigos. La vida, que es una mujer que vende su cuerpo por dinero en un callejón oscuro (o una hembra de zorro, según prefiráis), en ocasiones nos pone en situaciones en las que, lo mas lógico es abandonarse. Son escenarios en los que ningún plan parece que vaya a funcionar, escenarios en los que día tras día, semana tras semana, todo parece salir al revés. No hay luz al final del túnel.  Nos podemos empeñar (como los ingleses acudiendo a Francia) en hacer lo correcto una y otra vez, en pelear por lo que queremos, y comprobar, noche tras noche, que no ha tenido efecto. En esos momentos, lo fácil es decir, “amigo, hasta aquí hemos llegado”. Nadie nos podrá reprochar jamás no haberlo intentado todo. No haber dado lo mejor de nosotros mismos. Nadie podrá decir jamás, que no hemos apostado por ello hasta nuestro último penique, y querremos bajar los brazos. Descansar. Ni siquiera es rendirse, es mas como caer inconsciente después de un esfuerzo terrible.

Es en esos momentos en los que tenéis que recordar Dunquerque, y sobre todo la fuerza de retaguardia del General Alexander, y continuar haciendo lo que hacéis, aunque os sea penoso, aunque sepáis que no va a dar fruto, aunque sepáis de antemano que está abocado al fracaso. Recordad el sacrificio de la retaguardia de Dunquerque, porque a veces, aunque no lo creáis vuestra forma de actuar, vuestra dedicación, vuestra fuerza y perseverancia ante los imposibles, le está sirviendo a alguien de ejemplo. En ocasiones, el ser indomable, inconquistable ante la adversidad, le está dando la vida a otros, está sirviendo de inspiración a los demás. Si habéis perdido la esperanza, que no se note. Si creéis que todo está perdido, que no lo esté por vosotros, que os lo tengan que gritar a la cara, que os tengan que repetir una y mil veces, ¡NO!, y cuando lo hagan, y vuestra cara esté hundida y ensangrentada, y ya no os queden fuerzas ni para respirar, como en la foto de mi soldado británico evacuado, sacad un último aliento de donde sea para levantarla un poco, mirar a los ojos a quien os niegue algo, y con lo que os quede de voz, decidle. “Eso, ya lo veremos”. Con vuestro gesto, por muy desesperado que sea, podríais estar dando esperanza a alguien, y además, que le pregunten a los soldados reembarcados la última noche de Dunquerque, en ocasiones, los milagros existen. Está históricamente demostrado.

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