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Amigos y amigas, niñas y niños, gentes de todas las edades, el mayor espectáculo del mundo está de vuelta en la ciudad. Emoción, diversión, risas, lagrimas, aventura, amor, sacrificio, esperanza, y mogollón de historias sin sentido es todo lo que os puedo ofrecer si me seguís en el arranque de la épica segunda temporada que comienza hoy. He recibido muchísimos consejos de gente muy buena en el mundo de la escritura. Profesionales de esto llevan tres meses explicándome como hacerlo mas dinámico, mas fácil de leer, mas adictivo, y ameno, y después de escucharlos todos con gran atención, estoy decidido a ignorarlos abiertamente (con cierto gesto de desprecio, como mucho), y seguir escribiendo como siempre he hecho (¿Alguna vez os he dicho que prefiero morir a acentuar mas?) pues eso. Como diría Churchill, “Siempre estoy abierto a aprender, pero odio que me den lecciones”, y sabéis que lo que dice Churchill, aquí va a misa, así que, ¡vamos a ello!

De un par de semanas a esta parte vengo pensando en Hernán Cortés ( Ese tío con la cara verde y morada que salí en los billetes de 1000 pesetas), y la verdad es que daba para escribir un libro, pero he decidido centrarme en una de sus acciones menos conocidas, para muchos anecdótica, y que de hecho es por lo general olvidada (aunque haya dado lugar a una expresión popular y todo), y sin embargo, acción sin la cual, no habría logrado jamás todo lo que consiguió después. Hoy, vamos a quemar las naves.

El nuevo mundo acaba de ser descubierto (perdón, señores vikingos, pero su excursión no cuenta), y Cortés lo alcanza con 19 años. El mero hecho de conseguir llegar a Cuba ya le suponía el optar a una riqueza y bienestar como jamás habría logrado adquirir en España. Se hace con una gran cantidad de tierras que explotar y consigue un puesto en el funcionariado de la isla con mucha rapidez (ser funcionario entonces molaba), tienen buenos padrinos políticos, se casa con la cuñada del gobernador de la isla, y su vida es prospera y feliz. Sin embargo, pronto comienza a escuchar historias de los nativos locales. Le hablan de un inmenso imperio, de ciudades construidas sobre calles de oro, de millones de súbditos a los que convertir al cristianismo, y de inmensas fortunas que hacer. Cortés no duerme de noche, y no deja de pensar en ello de día, su vida es cómoda, prospera y feliz, pero él quiere mas. Convence a su cuñado (que vivía muy feliz en la isla y no tenía ningún interés en buscar aventuras) de que le ponga al frente de una pequeña expedición de exploración que va a partir de Santiago de Cuba para explorar la costa de centro américa, algo sencillo y sin demasiada importancia, y zarpa de Cuba con apenas 700 hombres, 32 caballos y 10 cañones.

La armada llega a las costas de Méjico sin grandes problemas, pero en lugar de cumplir su misión de exploración (Booooring), Cortes desembarca con sus hombres, y decide que él se queda ahí y de paso conquista Méjico, todo en uno. Sus primeras exploraciones no resultan muy tranquilizadoras. El imperio Azteca se extiende por una extensión brutal, llegando casi hasta Colombia por el Sur, a la actual Texas por el norte, y ocupando, en la práctica todo el territorio centro americano. Los indios de la costa le hablan de su número, de ejércitos interminables, de ciudades que acogen cientos de miles de habitantes, de millares de hombres educados desde que nacen para la guerra, y que han conseguido someter uno de los imperios mas grandes conocidos por el hombre. Cortes, en la playa, mira a su propio grupo. 11 barcos, algo mas de medio millar de tíos, una treintena de caballos, un puñado de mastines adiestrados para la guerra y algunos cerdos y aves de corral, (a los que, por mucho que lo intenta, no consigue dar utilidad bélica alguna) y se dice. “¿Cómo mínimo, siete millones de Aztecas?. Me sobran huevos. Voy sobrado, ¿no?, con esto me llega. “*.

Es en este momento, en el que Don Hernán Cortés Monroy, hijo de Medellín, provincia de Extremadura, toma una decisión sin la cual no habría pasado a la historia. Por algún motivo desconocido y extraño, las cuentas que a él le parecían tan claras, (setecientos colegas contra siete millones), se le hacen un poco cuesta arriba a sus hombres. La gente no ve bien eso de tener que luchar como mínimo contra 10.000 paisanos por barba para que las matemáticas cuadren, y los españoles se empieza a acordar de repente de que se han dejado el grifo abierto en casa, y de que lo de Méjico, mejor ya vuelven cuando exista Cancún y tal. Cortés, viendo que la gente no comparte su opinión, lleva a cabo una acción llena de tacto, diplomacia y talante, y con un grupo irreducible de seguidores, prende fuego a las naves que les habían llevado hasta ahí. (Según las fuentes históricas mas actuales, las barreno, no las quemó, pero yo prefiero la imagen de veleros gigantes envueltos en llamas al anochecer).

Su flota, su único medio de escape, el último billete de vuelta a la seguridad y a casa arde. No hay vuelta atrás, y el que quiera regresar a Cuba, que lo haga nadando. A primera vista parece un acto potencialmente suicida, letal, y poco inteligente. Si todo sale mal (y el negocio no tenía buena pinta, la verdad), estaban todos muertos. No tenían vía de escape, no había forma de salir de ahí si no era después de pasarle por encima al amable Moctezuma II y reducir su imperio a cenizas. Pero, eso que parecía su mayor tara, se convirtió en su arma mas poderosa. Sus hombres, sabiéndose perdidos si no peleaban hasta la muerte, dieron lo mejor de si mismos, y en última instancia, le ganaron un imperio y grandes fortunas a España, (Fortuna e Imperio, que como no podía ser de otra manera, nuestros amables reyes malgastaron de manera estúpida e irresponsable hasta esquilmar al país y sumirlo en la pobreza mas absoluta). De paso, derrocaron al régimen mas sanguinario que la historia que la humanidad ha conocido hasta bien entrado el siglo XX (que sí, colegas, que el genocidio español en Sudamérica seguro que fue la gran cola, pero, antes de que llegásemos nosotros ya se estaban genocidando entre ellos mismos a un ritmo mínimo de 40.000 sacrificios humanos anuales, vamos, que si tardamos un par de siglos en llegar, no queda nadie a quien aniquilar inhumanamente).

Así que ya sabéis amiguitos, en muchas ocasiones, nos parece que nuestra vida está bien, nos sentimos cómodos, o bien establecidos. Como siempre, todo puede mejorar, pero nuestro conformismo, nuestra vaguería, nuestro miedo o mil pavos al mes nos hacen decir, “bah, para que intentarlo”. A veces incluso, hacemos que hacemos. Echamos un Curriculum aquí y allá, mandamos un whatsapp tonto a una chica o chico por si cuela, o pedimos precio en el gimnasio de la esquina por ver cuanto nos va a costar al mes el que un tipo fornido nos putee. Uno puede vivir así el resto de su vida, y ser feliz, no cabe duda. Puede quedarse en Cuba y no escuchar las historias de grandes ciudades y ríos de oro. Puede conformarse con lo que tiene y estar bien, pero, si a estas alturas seguís leyéndome, ¡coged las antorchas!, ¡haced que el mundo arda! Si no os gusta vuestro trabajo, dejadlo, y echaos a la calle a por otro ( o mejor aún emprended algo), si la chica o chico de turno os gusta, cargaos antes de vuestra agenda todos los números del resto de la gente a la que escribís “por si cuela”, y solo entonces, escribidle. Si pensáis que el gimnasio es una alternativa de penitencia viable, no preguntéis, entrad por la puerta, e inscribiros. Borrad todas las seguridades que os permiten volver a una vida segura si no estáis contentos con ella, y entonces, solo entonces, cuando no os quede mas remedio que hacer algo o hacerlo, os daréis cuenta de que eso que parecía tan imposible, se puede pelear. Soy muy consciente de que el consejo de hoy es jodido, colegas. Y mas con la que está cayendo en el mundo últimamente. No sé hasta que punto deberíais escucharme en esto, y, a menos que gocéis colocándoos en situaciones muy cabronas, igual, el de hoy es un post que olvidar, pero que queréis que os diga, amigos. Yo pienso probarlo, al fin y al cabo, esto, como todo lo que es cuento, está históricamente demostrado. It’s good to be back =)

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• La cita puede no ser literal

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