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Buenas noches, amigos, aquí me tenéis de nuevo, a golpe de lunes para no perder las buenas costumbres. Hoy estoy especialmente indignado, y como sois los únicos que (aún) tenéis a bien escucharme, o leerme, pues os toca aguantar mi royo. Iba a escribir acerca de cualquier chorrada, pero he vuelto a oír con connotaciones negativas una expresión que me parece extraordinariamente injusta, así que, hoy mi post va dedicado a Theodore Ronald Brailey, Jock Law Hume, Roger Marie Bricoux, John Wesley Woodward, John F. Clarke, Percy C. Taylor, Georges Alexandre Krins y al gran Wally H. Hartley.

Esos nombres que ya nadie recuerda, que, realmente, nunca pasaron a la historia, corresponden a los integrantes de la “Wallace Hartley Band”, un conjunto musical formado por un quinteto y un trio y dirigido por Wally Hartley; que zarpó de Southhampton el 10 de Abril de 1912 a bordo del RMS “Titanic” rumbo a Nueva York. La banda del Titanic. Digo que estoy cabreado, porque cada vez que se utiliza la expresión “como la banda del titanic” se emplea de manera peyorativa. Por ejemplo: “Rajoy, como la banda del Titanic, sigue adelante con sus mierdas mientras el país se hunde…” o “ Ataulfo Gómez, como la banda del titanic, lleva el mismo ritmo de vida de siempre, a pesar de estar arruinado”. ¡No!. ¡Error!.¡Mal utilizado!.

La noche del 14 al 15 de Abril era oscura en el Atlántico norte. El Titanic, como un farol en la oscuridad, iluminaba las frías aguas del basto océano con sus luces, mientras navegaba a toda máquina rumbo a Nueva York. Cerca de media noche, un Iceberg choca contra la amura de babor y descojona el buque de proa a popa. Os sabéis la historia de memoria, el buque insumergible, la obra mas grande de la ingeniería humana, la ciudad flotante que jamás se iría a pique, tarda dos horas y media escasas en irse al carajo… No somos nadie. En esas dos horas y pico, se desarrolla un tragedia humana de carácter apocalíptico (y no me refiero a la de Di Caprio y la inglesa esa de cara aburrida). Miles de personas que se acaban de despertar por un tremendo golpe son presas primero de la confusión y del mayor de los pánicos poco después, cuando el capitán del buque, Smith, junto con su ingeniero, evalúa los daños y llega a la conclusión de que la nave está tocada de muerte, y por lo tanto es imposible de salvar.

Se da la orden de evacuar el navío. Todo el mundo sabe que no hay buques de socorro para todo el pasaje, y que, por lo tanto, si o si, a unos cuantos les iba a tocar quedarse a bailar con la mas fea esa noche. A pesar de los heroicos intentos de los oficiales por mantener el orden, el caos es incontrolable. Muchos botes salvavidas son arriados a las frías aguas con menos de la mitad de su capacidad a bordo. Muchos caen al mar sin supervivientes por las prisas al largarlos. Decenas de personas mueren aplastadas por la avalancha humana que se lanza desesperada hacia la salvación, y otros muchos caen por la borda, empujados por las prisas de una masa de seres humanos sin control.

En medio de ese caos, los testigos afirman que comienza a sonar de fondo “La barcarolle”. Entre los gritos de miedo y caos, tres violinistas, tres chelistas, un bajista y un pianista metido a cantante, serios, graves, como si se encontrasen en el Royal Albert Hall interpretan a Offenbach. Impasibles ante el escenario que les rodea, aprestan sus instrumentos, y, con las manos heladas (hacía cuatro grados bajo cero), tocan. Las escenas se recrudecen. El buque empieza a escorar a la banda inundada, y se sumerge poco a poco, en la mar negra. Algunos botes salvavidas ya se alejan, medio vacíos, del trasatlántico. Sin embargo, la banda de Wally Hartley sigue tocando. En la cubierta de popa, en la que se encuentran, la situación es incomparablemente mas tranquila. La gente camina ordenada, apenas hay empujones, ni atropellos, y las instrucciones de los oficiales de abordo se siguen con cierto orden. Siguen tocando. “El Danubio Azul”, y después “Berliner Luft”, y “Estudiantina”. Las mujeres y niños se ponen a salvo primero, y ya que aún no había llegado su turno un grupo de curiosos se reúne cerca de la banda con el único fin de escucharlos tocar. Se reparten cigarros, y en una pausa, el Coronel John Weir les ofrece un trago de Brandy, que los músicos aceptan “a pesar de estar trabajando”.

Durante mas de hora y media, la música contribuye al orden de la evacuación mas que los revólveres y las amenazas de la tripulación. Durante ese periodo de tiempo ocho chicos corrientes (no tenían mas de 24 años de media), sin especial vocación heroica, o de servicio, son la única esperanza de muchos que de otra manera se habrían abandonado al caos. Durante esa hora y media crucial en el desarrollo de los hechos, ocho muchachos fueron la diferencia, y con su ejemplo, contribuyeron, indudablemente, a salvar decenas, puede que centenas de vidas, aportando calma, tranquilidad, y un lugar común a gente que estaba perdida. Cerca de las 01:30 de la madrugada el buque ya está prácticamente perdido. La proa ha desaparecido, y los sistemas eléctricos comienzan a fallar. El navío se queda en sombras, y tras completar “Songe d’Automne”, Wally observa desolado el desastre, como si lo viese por primera vez. Apenas quedan botes salvavidas, y sigue habiendo demasiada gente por evacuar. Baja su violín, y según algunos testigos, se despide de sus colegas. “Caballeros, ha sido un honor tocar con ustedes esta noche, ahora, sálvense”.

Los músicos se dirigen hacia los lugares de evacuación. El monstruo, herido de muerte ruge a metal retorcido y madera partida, se está rompiendo por la mitad. No hay luz, y sin música sonando, se escuchan mas altos cada vez, los gemidos de angustia de madres que han perdido a sus hijos, y los gritos de desesperación de aquellos que se creen muertos. Wally, que es hijo de un pastor metodista, decide que él se queda donde está, y puestos a palmarla, como era evidente que iba a pasar, va a hacerlo como siempre imagino (tocando el violín, no engullido por las aguas negras del océano Atlántico a bordo de un buque “insumergible”). Además, si consigue llevar cierto consuelo a la gente, mejor. Afina su instrumento una última vez y comienza a tocar. Hay dos versiones distintas. Algunos testigos afirman que la canción fue “Songe d’Automme” otra vez. Según la mayoría, la última canción que se les escucho tocar fue que “neerer my lord to thee”. Lo que se sabe seguro, es que uno tras otro, los miembros de la banda volvieron con sus instrumentos, y en lugar de intentar salvarse, se unieron a Wally, tocaron juntos una última vez, antes de que el buque se hundiese definitivamente en el mar. Ninguno sobrevivió.

Pues eso, amigos. En ocasiones, se nos hunde el Titanic, y no hay nada que podamos hacer. Nos creemos lo mas. La cola, vamos. A bordo de nuestro buque insumergible, navegamos por la vida, sin darnos cuenta de lo fácil que es el que nos demos un viaje contra el Iceberg de turno, y acabemos intentando salvarnos del naufragio vital en el que nos hayamos sumidos. No importa lo seguros que nos creamos, lo cómodos (o tolerablemente incómodos) que nos encontremos con nuestras circunstancias, nadie está a salvo de que, de repente, un trozo de hielo gigante se choque contra nosotros y mande nuestro planes y esperanzas a tomar por saco. Es en esos momentos en los que tenemos que decidir lo que somos, y como queremos que nos recuerden. Podemos ser los cobardes que huyen a toda velocidad del peligro, que se intentan poner a salvo, a pesar de todo, y llevándose a quien sea por el camino, o podemos ser esos ocho críos que, decidieron, hasta las últimas consecuencias, ser fieles a si mismos, dar consuelo y ayuda a los demás, y en última instancia, caminar hasta el fin haciendo aquello que mas amaban. De los que huyeron, muchos se salvaron, (otros muchos acabaron ahogados, igualmente), Pero solo aquellos que hicieron, hasta el último momento lo que creían correcto, a pesar de todo y todos, son recordados hoy. Eso, amigos, vuelve a estar una vez mas, históricamente demostrado.

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